20 nov. 2012

Blindados ante la influencia




Por lo visto, existe un extendido fenómeno estudiado por múltiples analistas. Lo resumen de la siguiente manera: "creer que estamos solos en medio de un rebaño de ovejas". Es decir, que todos somos propensos a pensar que estamos en posesión de un criterio del que hemos desprovisto a los demás. La gente no se entera, nosotros, sí.

Preocupados por proyectar una singularidad que no siempre estamos muy seguros de poseer, a veces, raras veces, porque siempre hacemos los posibles porque no ocurra, pero a veces, ¡elegimos lo mismo que la mayoría! ¡Horror! ¡No!... El hecho de que algo empiece a gustar a la gente hace que, automáticamente, deje de gustarnos. Eso que nos gustaba tanto y nos hacía tanta ilusión... ¡no lo queremos más! Cultivar una imagen de especialito requiere ciertas renuncias... ¡y muchos esfuerzos! No es fácil vivir retorciéndose para parecer especiales... ahora, además, tenemos que hacerlo por partida doble, triple: también hay que ser alguien en facebook, en twitter, en pinterest... ¡demoledor!

También puede ocurrir, en el caso de no poder evitar caer en la mayoría, que nos veamos haciendo verdaderos malabarismos tratando de explicar que nosotros elegimos eso que elegimos, por unas razones concretas que lo hacen diferente. Me explico: "noooo, no es que yo estuviera en contra de casarme... a mí me daba igual, pero me a sus padres les hacía ilusión"; "en realidad, yo no quería ir, pero tampoco quería crear mal rollo y fui"; "a mí Lady Gaga me gusta, no por su música, sino porque reconozco que..."; "mi amigo/madre/hermano/etc. lo veía y, por su culpa, me enganché". Y otra vez a retorcerse, ajustando lo que pensamos a lo que hacemos.  

Nosotros siempre tenemos motivos para no ser uno más. Los demás, no tanto. Nosotros decidimos, elegimos y queremos con criterio y convicción. Los demás lo hacen inconscientemente, porque siguen la corriente, porque son unos inconscientes, porque no se enteran, porque son unos egoístas, porque son unos capullos.

Nosotros cuando acertamos con la elección sea del tipo que sea, ¡lo tenemos!, ¡sí!. Tenemos "eso" que buscamos con desesperación, eso que nos capacita, eso que nos legitima. Y cuando no acertamos, tenemos motivos. Motivos para hacer lo que hacemos. Los demás no los tienen. Sin embargo, curiosamente, luego buscamos, nos adaptamos, nos ceñimos a los motivos de aquellos a los que habíamos deslegitimado. ¿Por qué nos importa lo que piensen los que en teoría no nos importan? No queremos ser freaks, solo singulares. 

Las decisiones, la libertad de tomarlas, la responsabilidad de asumirlas. Algunas, sencillamente, lo cambian todo. Siempre he sido muy consciente de la importancia de algunas de nuestras decisiones. "No tomes nunca decisiones irrevocables", me decía mi padre. A él, todas las que yo tomaba, se lo parecían. A mí no me lo parecía ninguna. La primera vez que me lo dijo, me hice un tatuaje. Luego, como suele ocurrir en estos casos, su obsesión se convirtió en la mía. Así que, desde que recuerdo, me obsesiona la extraña tensión entre el poder y el peso de nuestras elecciones. 

Y por fin, me encontré con una elección que me pareció más irrevocable e inevitable que ninguna: ¿qué decisiones quieres tomar tú y qué decisiones quieres que otros tomen por ti?