25 oct. 2012

Un reloj de arena




Yo soy una de esas. Una "de las de la moda": frívolos, consumistas, pijos, snob... De hecho, soy tan lo peor que me dedico a la parte más devaluada y desprestigiada de la moda: el retail. Dígase mundo tiendas, que suele significar que te gustan los trapos pero no tienes la onda suficiente para dedicarte a otras cosas. Nosotros nos dedicamos a hacer dinero cargando a los productos unos márgenes infames vencidos por la ambición de obtener más beneficios. Nosotros somos mercaderes, filisteos y, además, la cuestión no tiene nada de cool. Somos profesionales mediocres dirigidos por empresarios déspotas y avariciosos.  

Todo bien... no me siento en absoluto ofendida. Antes discutía, me justificaba, quería hacer entender... Ahora, me callo y escaneo a mi interlocutor. Observo. Me llama poderosamente la atención que la mayoría de las veces quien te dice estas cosas compra en Primark o Zara, padece recaídas en el ikeismo, aunque juró que no volvería a hacerlo, y se alimenta de subproductos con aspecto de comida. Normalmente, esta gente, viniendo de ideologías y sectores de lo más dispares, afirma "pasar de la moda y de las tendencias" mientras consume y perpetúa lo peor de las mismas.  

Yo veo las cosas de otro modo. Debe ser la perspectiva del mostrador... Reflexionar sobre el consumidor, el mercado y las marcas es vital en mi trabajo. Y como tengo tendencia a obsesionarme, lo he hecho mucho. 

Un día le pedí a mi abuela que me regalara un bolso viejo que ya no usara. Ella me respondió: "Zertarako gura dozu nire poltsa zaharrik? Nik ez dakat gauza onik. Guk ez ginukan diruik. Zergaitik ez dotzazu zure beste amamai eskatzen? Berak eukingo dauz gauza pollitak!". Traducción: ¿Para qué quieres un viejo bolso? Yo no tengo cosas buenas. Éramos pobres. Por qué no se lo pides a tu otra abuela? ¡Ella sí que tendrá cosas bonitas!. Yo pensaba que tenía toda la razón, pero a mí me hacia mucha ilusión llevar algo que hubiese sido de ella. Al final, ante mi cabezonería, me dejó elegir uno. 

Resultó que aquel bolso simplón, comprado en una tienda de Elorrio en los 70´, me duró más que ningún otro comprado en una de esas tiendas que han hecho tanto por la democratización de la moda... De hecho, la única y última vez que entré en Primark, me acordé de aquel bolso y de la conversación con mi abuela. No sé si fue el colocón provocado por la peste a contaminante con el que te abofetean los bolsos o que venía lúcida de casa; pero, de golpe, lo vi todo de otro modo. ¿De verdad tenemos más cosas que nuestros abuelos? ¿De verdad vivimos mejor que ellos? ¿Estado del bienestar? ¿En serio? 

Nos atiborramos de productos que nos hacen creer que son lo que parecen. Es fácil engañarnos. Son baratos. La implantación de "lo" malo ha sido tan devastadora que ahora creemos que eso es normal. Los que se toman en serio y además van de enterados, argumentan cosas del estilo de "si vendiendo una camisa a 20 euros un Zara es rentable, ¡imáginate lo que le cargan las marcas caras!". Una argumentación muy simplona ya que  el precio de un producto es diseñado a través de muchas variables. Por ejemplo: los costes en producción. La pregunta no debería ser: "¿a qué precio hemos bajado el precio?"

Tenemos más, pero tenemos mierda. Mierda que se estropea rápido, obligando a comprar más y generando millones de residuos. Mierda que ha sido producida maltratando el medio y a las personas. Mierda que no sabe a nada, que no huele a nada... creyendo, además, que hacemos algo bueno. Y lo que ha ocurrido, lo que entre todos hemos sostenido, es lo peor, pero lo más rentable. Un mercado con forma de reloj de arena. Es decir, un mogollón de productos basura baratos que tenían que ser masivamente consumidos y otro mogollón de productos obscenamente caros. El mercado de productos responsables, de precio medio, destinados a durar es cada vez más, una especie de extinción. Llegados a este punto hemos cuestionado el capitalismo, las industrias financieras, los gobiernos... ¿No somos nosotros, como consumidores, parte del problema? ¿No deberíamos reflexionar sobre el poder de nuestras elecciones? 

¿Quién decide lo que tiene que cambiar y lo que hay que preservar? ¿Quién decide lo que es público y lo que debemos mantener en la intimidad? ¿Quién decide, en última instancia, lo que es posible y lo que no lo es? El quid de la cuestión está en el consumidor. Ahora existen las tecnologías para hacer las cosas de otra manera. Exijamos, pues, que se hagan de otra manera. 

Consumir eligiendo lo que uno consume no es una frivolidad, es política.