12 nov. 2013

FIN




A escribir a otra parte.
FIN

28 ago. 2013

THE NEXT BIGH THING


'Creíamos que las cosas no podían ir peor pero...', así comienza el artículo que le dedica el Daily Mail este verano. 'Inevitablemente afeminado!', la BBC. 'Los radicales diseños unisex', tituló The Guardian uno de los varios textos que le ha dedicado recientemente. 'Atroz', 'Estúpido', 'Ridículo', 'Grotesco', 'Imposible'... son otras de las muchas perlas que se han dicho sobre él en su corta trayectoria: JW Anderson.



Su colección 'Mathematics of Love' y sus modelos vestidos de cuero, volantes, guantes y mucho palabra de honor dejó a los espectadores al borde del precipicio. Recuerdo la excitación con la que mi socio y yo esperamos aquel desfile. ¡Qué  larga se nos hizo aquella mañana! Interrumpimos con algún pretexto lo que teníamos que estar haciendo para poder conectarnos y, medio a escondidas, poder verlo... ¡Y quisimos llorar! Entramos en ese estado de alucine que tienes cuando estás viendo algo que sabes que es grande... Tuvimos uno de esos subidones en los que quieres comentar lo que has visto, pero estás tan emocionado... ¡que no puedes!






Con su última colección,'The Fear of Naturalism', (el nombre es toda una declaración de principios), Anderson termina de dinamitar toda convención social entorno al género: ¡Cuellos halter, semitransparentes y con estampados florales! Otra vez... ¡cuellos halter! ¡¡¡¡Boom!!!! ¡Ya lo ha vuelto a hacer! ¿Qué significa esto? ¡Esto ni siquiera es marica!... 'I think that´s what unnerved people: there was no gay fantasy there', dice el diseñador tras su último show. 

Jonathan, el diseñador, no es un depredador engreído, ni un ego histriónico. Lanzó su primera colección en 2007, cuando aún estudiaba en la London College of Fashion y, desde entonces, el diseñador ha ido in crescendo. Mientras mete el dedito en la llaga a unos, es aplaudido hasta reventar por otros. Por supuesto, la moda se pone a su favor. A sus 29 años, y a pesar de las polémicas, sus colecciones ('An eye for an eye', 'A brave new world' o 'Saints or assassins', entre otras...) le han valido ser elegido como Diseñador Emergente en los British Council Awards, uno de los premios más relevantes de la moda. Medios tan influyentes como el Dazed&Confused magazine dicen de él: 'Anderson tiene una sincera aspiración por ser capaz de saltar por encima de las limitaciones de género'.

Afiladamente moderno y con una franqueza inflexible, JW Anderson dice no querer comprometer a nadie, ni ser comprometido por nadie. 'Yo sólo hago esto porque quiero ser estimulado, no para ser propietario. Por eso puedo decir: si a la gente le gusta, le gusta, si no...' Suyas son también afirmaciones como: 'Me gustan los proyectos que me sacan de mi zona de confort', 'Es necesario un punto de no retorno', 'La industria tiene que ser más transparente', 'La gente olvidó lo unisex, y es tremendamente relevante ahora', 'No siento ningún interés especial en ser educado como chico o chica. Sólo quiero buscar algo nuevo...'. 

Si las intenciones de JW Anderson son tan auténticas como parecen, y si, en caso de serlo, se mantendrán intactas cuando crezca, no podemos saberlo todavía. Tampoco importa. Lo que me importa  es que propone, investiga, imagina, suma... El diseñador no es un rareza. El concepto de 'gender-neutral fashion' está y estará sobre la mesa en adelante. Todo parece apuntar en esa dirección. El creciente interés por lo unisex; los cotizados y ambigüos modelos como Andrej Pejic; marcas maistream que apuestan por estas posturas poco convencionales (Topshop fichó  al propio JW Anderson para colaborar); artistas y celebrities que eligen en los armarios del sexo opuesto (y no me refiero a Julianne Moore vestida con un smoking sexy de Saint Laurent, sino a Kayne West vestido con la colección de mujer de Celine)... La moda está anticipando ahora debates y negociaciones a las que nos enfrentaremos en un futuro.  

Muchos insistirán que Anderson y personajes del estilo no representan la mayoría. Son raros que se dedican a profesiones raras, como Mario Vaquerizo. Que los partidarios de flexibilizar estas categorías de género somos una minoría. Que, tal vez, sólo somos una pose y que lo normal siempre ha sido, es y será otra cosa. Sin embargo... ¿Somos realmente una minoría los que nos sentimos más cómodos desenfocando las fronteras del género? ¿De verdad somos tan pocos como dicen los que no sentimos como nuestras esas definiciones? ¿Somos unos outsiders los que no nos sentimos... opuestos?

Según OKI-ni, uno de sus múltiples y emblématicos puntos de venta, batieron récords cuando en 2010 vendieron 30.000 piezas de JW Anderson en ¡10 minutos! 

Ahí queda.  



















8 jul. 2013

EL TAMAÑO IMPORTA



Algunos mantras tienen el peligro de hipnotizar la inteligencia colectiva.
Uno de los más repetidos y letales en la actualidad, es “ande o no ande, caballo grande”. La sabiduría popular es sabia por algo. Por lo visto, seguimos empeñados en decir que el tamaño, importa. Así, empresas, instituciones y organizaciones varias, se han dedicado a expandirse y diversificarse sin orden ni concierto, ni reflexión ninguna. Decir “Internacional” nos sigue dando cierto subidón…
Sin embargo, nuestra experiencia personal nos ha demostrado que expandirse per se, sólo convierte el proceso en barroco y complejo. Las organizaciones se han vuelto miopes y tienen sobrepeso. Han desplazado su centro de gravedad de las personas, al tamaño y eso las ha envuelto en dinámicas que no están sujetas al sentido común: circulares que no sirven para nada, estudios que nunca llegan a leerse, manuales y procedimientos que las propias cúpulas incumplen, managers que se contradicen, información fragmentada, mails que marcarás como ‘no leído’ y así seguirán hasta que decidas tirarlos a la papelera, llamadas que sólo sirven para entorpecer el trabajo, comunicados que sólo sirven para incomunicar… Esta mentalidad heredada no es ética, ni justa, ni deseable… y además, ¡es hortera!
Una empresa, un proyecto o una marca es grande de muchas maneras. Nosotros creemos que algo es realmente grande cuando permite, autoriza y fomenta a una persona a pensar,a actuar,a tomar de decisiones de manera autónoma… Las organizaciones que imaginamos para un futuro son aquellas en las que los individuos tienen el conocimiento, la capacidad, el deseo y la oportunidad de tener éxito personal en un camino que a su vez, revierta en el éxito colectivo.
Es hora de tirar a la basura las tradicionales nociones de lo que se necesita para dirigir un negocio. ¿Por qué no probamos a coger la medida a nuestra empresa, a lo que somos, y quedarnos ahí? ¿Por qué no devolvemos el papel protagonista a sus propietarios? Un equipo son personas, no reglamentos, y un líder, alguien que entiende eso.

Texto escrito y publicado por AA enterprise (www.aaenterprise.es)

29 may. 2013

EL CUERPO DEL DELITO




Una de las estrategias de captación más empleadas por los gimnasios es la de proporcionar a sus clientes la posibilidad de invitar a otra persona no socia. A pesar de que pocas cosas me gustan más que montar sola en la elíptica provista de una sesión digna del más macarra de los afters, he solido hacer uso de la proposición... sobre todo al comprobar que me serviría para hacer la segunda cosa que más me gusta: ¡analizar!

La primera vez que invité a un amigo ocurrió lo que ha ocurrido todas las demás veces. Sin excepción. La escena funciona más o menos así: después de los protocolos de calentamiento y estiramiento que tocan, me llevo a mi amigo a cardio. Selecciono máquina, le explico las 4 cosas de manejo que hay que saber y le programo la máquina pensando que, como principiante, lo suyo es empezar suave... Pero llamar a un tío principiante en lo relacionado con el deporte es tan insultante como decirle a una mujer que es un paquete en el tema shopping. Así que el amigo no tarda en ir subiendo de velocidad, de intensidad, de peso... Todos los comandos, por favor, ¡subir! (Suele ir acompañado de una respiración fuerte y profunda que emite independientemente del esfuerzo que haga). Yo, por mi parte, con la dinámica marcada por el hábito, voy subiendo a mi ritmo. El, de cuando en cuando, me mira por el rabillo del ojo y, cuando ve que subo, sube. ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué da por hecho que hoy, primer día, puede hacer más que yo que llevo años haciéndolo? ¿Tan distintos se nos presupone que no puedo igualarme a mi amigo ni con 4 años de entrenamiento?... Pensaba hacer una rutina más corta pero... ¡Qué coño! ¡Se va a enterar! Vuelvo a apretar. El trata de fingir que todo bien y yo, que no estoy picada. 

Cuando, por fin, ha quedado claro que yo meo más lejos, vamos bajando de intensidad... Paramos. Bajamos. Las piernas le tiemblan y dice: "¡Joder! ¡Esto revienta más de lo que me imaginaba!". "¿Si?", respondo yo con cara de no haber roto un plato. "Sí que estás en forma, ¿no?"... ¡Alucino! Parece estar sorprendido porque he podido hacer más, con mayor intensidad y quemarme menos. "Hombre, Steven Seagal, hacerlo mejor que tú, que no has pisado un gym en tu vida, ¿me sube nota o algo?". Nos reímos. 

Una de las habituales se acerca y ocupa uno de los lugares que nosotros dejamos libres. Se sube a la máquina con su habitual parsimonia, coloca los cascos, conecta la tele que incorpora la máquina, saca el tlf para colocárselo a mano y... a moverse. De repente, lo entiendo todo: él da por hecho que puede, ella, que le cuesta; él disfruta con su cuerpo, ella se martiriza con sus formas. El aprendizaje de lo corporal es muy distinto para unos y otros: ¡estamos influidos de manera tan distinta acerca de nuestro cuerpo! Ellos, cargados de energía, vigor y fuerza, entienden el ejercicio como algo natural para lo que siempre creen tener facilidad. Nuestro acercamiento, sin embargo, es siempre algo sujeto por extrañas limitaciones numéricas: calorías, centímetros, gramos, 36, 38, XS, S, M... Ellos se viven de manera holística y nosotras, como una amasijo de visiones fragmentadas de nosotras mismas. ¡Tanto número te termina haciendo sentir una extraña en tu propio cuerpo! Ellos se relacionan y miden su cuerpo en términos de funcionamiento, nosotras, en función al aspecto. ¿Por qué nosotras sabemos peregrinas ecuaciones que nos dicen si estamos en nuestro peso ideal y ellos no saben ni la talla que llevan? 

Tomo conciencia de golpe de todos esos presupuestos tan tan tan tan asumidos, que operan sin que nos demos cuenta como una especie de ideología consciente... Nadie pretende desmerecer a nadie, ¿no? Sencillamente, se da por hecho que la fuerza y la potencia física no son lo nuestro. No hay que hacer dramas... ¿O sí?... Y, ¡sí! Claro que es un drama. Imponernos la curva como destino natural no es, y no puede ser, el colmo del feminismo. Imponernos un cuerpo desprovisto de fuerza, energía, intensidad y con incapacidad para la mala hostia, ¡es mucho más que un drama!...

Solemos pensar que la anatomía es algo invariable y universal, predeterminada por la identidad sexual... Sin embargo, estudios, debates e información siguen agolpándose sobre la mesa y sigue sin haber consenso: las diferencias de sexo son un tema demasiado complejo y advenedizo. Imaginar un mundo donde las categorías de género desaparezcan está muy por encima de nuestra capacidad imaginativa... pero, de momento, ¿por qué no empezamos a disfrutar del poderío físico? ¿Quién decidió que esto no es lo nuestro? ¿Quién decidió cúanto músculo era... demasiado? ¡La fuerza y la autonomía no es potestad de unos pocos!

Y, en ausencia de teorías concluyentes, aquí estamos muchas de nosotras para demostrar que no somos tan distintos. No somos una hipótesis, somos un hecho.
¡Reto a Gonzalez Pons a subir conmigo a la elíptica!



Dedicado a Ainara.
Por tener músculos ¡en todas partes!
Por proponer.

21 may. 2013

AMOR EN EL PUENTE COLGANTE




Reecontrarte con alguien que te conoció mucho en el pasado tiene algo de turbador. Al principio, te sientes reconfortado; inconscientemente, se mezcla la grata sensación de saberse querido, aun cuando te han conocido mucho, con la paz que da saber que hay cosas que siempre están ahí, que nunca cambian. Cuando de repente, te dice aquello de "¿Te acuerdas cuando...?", y entonces te ves revisando lo que quieres recordar... y lo que no. Pero lo verdaderamente desconcertante no es que te recuerden una mala borrachera o un peor polvo... el shock viene cuando te das cuenta de que no te reconoces; la historia que tu amigo cuenta, el modo en que tú la almacenas en la memoria y tu idea de ti mismo en la actualidad, no coinciden. 

¿Por qué hice aquello? ¿En qué debía estar pensando? La historia no encaja con el que eres ahora, pero ¡tampoco con el que eras entonces! Pasado el tiempo, ves con una lucidez que hubieras agradecido tener entonces, que aquello que elegiste en aquel momento sólo podía responder a una especie de ¡secuestro emocional!

Me viene a la mente un estudio de los setenta llevado a cabo por Donald Dutton y Arthur Aron. La investigación se llevó a cabo sobre dos puentes. Uno de ellos, ancho, robusto, seguro y a 10 metros de altura; perfecto para un paseo dominical. El segundo de ellos, el respetable Capilano, uno de los mayores atractivos de Vancouver: suspendido a más de 70 metros sobre el río y con un estrecho y trepidante recorrido de 137 metros, con balanceos incluidos. En cada uno de ellos, se colocó a una atractiva entrevistadora con el pretexto de hacer una encuesta sobre el entorno natural. Ambas entrevistadoras fake tenían las mismas instrucciones: parar a los caminantes que cruzaban solos por sus respectivos puentes y pedirles su participación en un sencillo experimento psicológico. Tras una serie de preguntas, las entrevistadoras debían terminar la entrevista facilitando su número de teléfono con un "Si quieres que te explique más cosas sobre el tema, puedes llamarme esta noche". ¿Cúales fueron los resultados? Más de la mitad de los sujetos del Conpilano llamaron. Entre los domingueros, sólo un 8% llamó a la intrépida entrevistadora.

Los apabullantes resultados intrigaron tanto a los investigadores que replicaron el experimento en el laboratorio. Esta vez, se manipularon los niveles de excitación de los participantes haciéndoles creer que iban a recibir descargas eléctricas. A algunos se les dijo que las descargas serían fuertes y dolorosas pero con peligro controlado. A otros, que serían leves como un cosquilleo. Los resultados fueron similares: los que habían sido advertidos de una fuerte descarga eléctrica reportaron haberse sentido atraídos por el experimentador. No lo hicieron aquellos que preveían un choque leve. El sistema automático de los participantes recibió respuestas fisiológicas (la aceleración del pulso, transpirar, enrojecerse...) provocados por el miedo con atracción por el experimentador.

Las emociones intensas nos confunden. La excitación residual del subidón previo se une y se empasta con las emociones generadas en la siguiente situación. Y, sin darnos cuenta, nos encontramos lanzándonos en plancha a los brazos de cualquiera, llorando por una nimiedad o feliz en exceso por algo que, bien mirado, tampoco es para tanto. 

La reflexión me deja mucho más tranquila; no fui tan terriblemente idiota... Al fin y al cabo, mi cerebro me jugó una mala pasada.

Post: Si quieres sexo, cambia el romance... ¡por la adrenalina! 

6 may. 2013

OPERACIÓN UNICORNIO





Trabajarás X horas (aunque puede caer alguna más) / Prestarás tus servicios como X (grupo profesional o categoría del puesto que no suele corresponderse con la realidad) / Cobrarás un importe X (por supuesto, pagan el salario base como si fuese el máximo permitido por la ley, en lugar de entender que es el mínimo estipulado para estar en la legalidad) / Tras un período de 30 días de prueba (ellos te prueban a ti... tú a ellos, no), el contrato se extenderá de tal a tal fecha / Disfrutarás de 4 semanas naturales de vacaciones por año (y, a menos que tengas un hijo, una mudanza o se te muera alguien, no tienes ningún derecho a disponer de tu tiempo) / Se adjuntan anexos varios en Word (¡ni siquiera un PDF!), detallando tema dietas y poco más / Existen un par de cláusulas no escritas que dicen: nunca sabrás más que el que te paga y siempre te mostrarás de acuerdo con él.

¿Esto es todo? No parece mucho después 170 años desde que se redactara el primer convenio laboral y 2 siglos desde que aparecieron los sindicatos. Y, ¿a esto seguimos agarrándonos como a un clavo ardiendo? Esto es como viajar guiada por un mapa de otro lugar distinto del que estoy.

La primera vez que quise consultar el convenio que me correspondía, hace 6 años, tuve que superar todo tipo de obstáculos: páginas institucionales terriblemente feas y confusas y un sinfín de personas que parecían no tener ni idea de lo que estaban hablando y otro montón que, además de no tener ni idea, les importaba un comino. La última vez que he querido hacerlo, ha sido exactamente igual. ¿Puedo hacer la declaración de la renta vía sms y no puedo recibir el convenio en cuestión por mail? Movida por lo farragoso de mi búsqueda, me dediqué a querer saber sobre la relación de mis amigos y sus convenios... Ninguna. Absolutamente inexistente. Todos habían querido leerlo en algún momento, la gran mayoría de las veces como consecuencia de un mosqueo; pero todos habían terminado consultando sus dudas a alguien que conocían y "sabe de estas cosas" o habían desistido. ¿Cómo es posible? Los convenios son para los sindicatos como la Sábana Santa: los tienen en urnas de cristal ultraprotegidas y sólo te van dando trocitos, para que sigas manteniendo la fe, pero les sigas necesitando...

Esta última vez, me he detenido a leer con detenimiento: no he dado con ningún párrafo, ningún anexo, en el que se haga mención al modo en el que se regulan los complementos que hay que aplicar al salario base y que atiendan a criterios como experiencia, productividad, compromiso... Hagas lo que hagas cobrarás lo mismo: el mínimo. Lo dice el convenio. Tampoco he dado con ninguna parte que aluda a la flexibilidad de horarios, ni anexos que contemplen y favorezcan la formación constante. Si quieres hacer un master, ¡quédate embarazada! Muy probablemente, no podrás conciliar nada con tu familia, pero ¡podrás estudiar! El sistema siempre ofrece recompensas a aquellos que perpetúen el estereotipo cultural dominante. La única aspiración que puedes o debes tener es... ¡la familia! 

¿En serio nos parece bien una legislación tan profundamente conservadora? Todo esto sirvió a lo largo de siglo XX; pero en el siglo XXI, este enfoque fosilizado e impermeable no sólo no funciona, sino que, además, es perjudicial. Vivimos una realidad en constante cambio: trabajos cada vez más híbridos y fugaces, empresas que se deslocalizan o reestructuran una y otra vez, sistemas productivos que se automatizan, oficios tradicionales que desaparecen, empresas que cierran por no poder o no querer hacer frente... Nos guste o no, estamos viviendo un cambio de paradigma laboral. La crisis no ha hecho sino precipitar el cambio. Y en este contexto, favorecer y proteger la actualización constante debe ser un compromiso social y no sólo individual si no queremos enviar cada vez a más personas a una marginalidad irrevocable... 

¿Por qué no considerar que una parte de los beneficios generados por un trabajador deberían ser, por ley, destinados a su formación o a su desarrollo? ¿Por qué no tratar de destinar una parte del tiempo de trabajo a desarrollar cosas que te interesan mucho aunque, a priori, no tengan nada que ver con el trabajo? La rentabilidad de estos tiempos "off" esta más que comprobada... Empresas como Google, pioneras en el uso de nuevas estrategias de gestión, suscriben que sus mejores productos han sido desarrollados dentro de esos márgenes de tiempo personal. ¿Por qué no empezar a considerar la no necesidad de personarse en el puesto de trabajo, ni tener que cumplir un horario? Este tipo de propuestas no tienen nada ni de utópico ni de ingenuo. Ya existen empresas, muy rentables por cierto, en las que el personal no tiene horarios. Sólo tienen que hacer su trabajo. Cómo, dónde y cuándo lo hagan es su problema, siempre y cuando se cumplan los objetivos temporales y presupuestarios previstos. 

Si queremos salir de este desorden económico, el primer objetivos debería ser... ¡no seguir haciendo cosas que no funcionan! Y el segundo, construir entre todos una perspectiva completamente nueva; diseñar un nuevo sistema operativo basado en la autonomía de las personas y la calidad de lo queremos en nuestras vidas. Nada volverá a ser como fue... pero por muy apocalíptico que pueda sonar, ¡ésta es nuestra oportunidad! De nosotros depende tomar el control del tipo de vida que queremos vivir. Nuestra calidad de vida no puede depender de empresas, instituciones o sindicatos del siglo pasado. Tenemos mucho trabajo... ¡con el trabajo! 

10 abr. 2013

EL BOLSO O LA VIDA





Cuando era pequeña quería ser Perry Mason; pero he terminado siendo una "de las de moda". El mundo se está pediendo una gran abogada -me dijo mi padre-. Si quieres ir de artista, bien... pero ¿moda? ¿Por qué?... (cara de alucine y menosprecio).

La cara que puso mi padre entonces sólo era reflejo de una consideración colectiva. La moda es algo absolutamente superfluo y banal. No requiere ningún talento específico relevante y su contribución a la sociedad son una serie de desórdenes alimenticios y una recua de modernas vanidosas a las que nos gusta exhibirnos. Los de la moda nos lo tenemos muy creído para no hacer nada con fuste... Pero nuestra gran suerte es que nuestra profesión nos pone en contacto con otro tipo de profesionales... ¡artistas de verdad! Basta con estar con ellos un par de minutos para darte cuenta de que están en otra liga...

Cuando hablas con un músico pareces estar hablando con alguien tocado por la mano de dios. Malditos y torturados por su enorme talento, ellos, ¡los músicos!, son capaces de evocarnos más que ninguna otra disciplina. Capaces de emocionarnos, seducirnos, conmovernos... Ellos, capaces de transformarse en estrellas aunque estén el el más cutre de los garitos... ¿Plagiar? ¿Ellos?... hey, que son ¡músicos! ¡Por favor! La inspiración ¡les viene de dentro! Los músicos comparten SU mundo con nosotros poniéndole música a nuestras miserables existencias... y deberíamos estar muy agradecidos por ello.

Con los cineastas ocurre algo parecido. También seducidos por una pasión, pero de otra manera. Ellos... ¡ven! Ven cosas que otros... ¡no vemos! Cualquier momento con ellos puede convertirse en un encuadre o en una gran historia. (Con los fotógrafos también pasa). Cuando hablas con un director, si de verdad quiere parecer pro, tiene que mostrarse un poco descontento con su trabajo. Para demostrar que son críticos enumeran, con cierto pesar, cosas que ahora harían de otro modo. Tú le dices: "pero bueno... ¡hay cosas que me han encantado!", y las enumeras con entusiasmo; pero es en vano... Lo que tú le estás diciendo no le sirve. Recuerda que él ve cosas que nosotros... ¡no vemos! No es engreído y autoritario, es que lo tiene muy claro.

Ni hablamos cuando se trata de un escritor. Creo que nada le produce más placer a un escritor que ese momento en que le acabas de conocer y le preguntas: "y tú, ¿a qué te dedicas?". Ese momento en el que te responde 
"soy escritor", es un momento de clímax para ellos. En algunas profesiones existe el supuesto de que si vives de ellas es que debes ser muy bueno. Ser escritor es una de ellas. El escritor te escuchará porque tiene que hacer gala de la especial sensibilidad y curiosidad que se les presupone, aunque lo que les puedas contar, a priori, les importe un verdadero bledo. Los que de verdad tienen algo que contar y saben cómo hacerlo, son ellos.

Tanta solemnidad ante el talento os ha vuelto rígidos. Y con el tiempo terminaréis siendo obsoletos si no le dais una oportunidad al siglo XXI.
La desconsideración hacia nuestro sector ha sido y es la mayor de nuestras ventajas; lo superfluo se mueve con una agilidad que nunca tendrán aquellos que se toman muy en serio. El mejor ejemplo para entender esto es el tan polémico debate de la propiedad intelectual. La ley, igual que mi padre, considera la ropa, y en consecuencia la moda, como un producto demasiado utilitario para ser protegido por la propiedad intelectual. Así que "Los de moda"... ¡no tenemos copyright! Lo único que no se puede copiar en moda es la marca registrada. Todo lo demás es replicable sin incurrir por ello en nada ilegal. Mientras no copies la etiqueta, todo bien. Voy más allá: el consumo de marcas que viven de la réplica es absolutamente masiva y a la vista de todos. Zara no incurre en ningún delito cuando fusila el último blazer de Stella McCartney. Y el consumidor, por supuesto, tampoco. Muy probablemente será un hit que reproducirá una y otra vez, obteniendo además, grandes beneficios de ello. Aún así, sigue sin ser un delito. De hecho, incluso muchos de los que defendéis elocuentemente la protección de creadores, os lo pasáis por el arco del triunfo cuando se trata de consumir barato...

No pretendo defender un lugar entre lo que merece ser protegido...
¡todo lo contrario! Precisamente porque no hay protección de la propiedad intelectual, la moda se ve obligada a trabajar de un modo más dinámico y más audaz. Mantener tu autenticidad es complicado sin la protección y la seguridad del copyright. Trabajar en estas condiciones exige una constante investigación e innovación en materiales; una constante evolución e incorporación de mejoras y/o cambios; mantenerse constantemente actualizado para llevar la delantera porque, en el fondo, "los de la moda", sabemos que si lo que hemos hecho tiene algún interés, ¡vamos a ser copiados! Crear sin las falsas seguridades de otras industrias, nos ha exigido trabajar sobre algo más que cambios formales, rebasando una y otra vez lo establecido. La fiebre de los logos de nuestro sector moda no es un golpe de megalomanía y narcisismo, sólo una de las múltiples estrategias seguidas en un intento de protegerse. Como decía, lo único que puede ser protegido en moda es ¡la marca! 

Los defensores de las teoría estándar sobre los derechos de propiedad intelectual, sostienen que la protección de estos derechos es fundamental e incuestionablemente necesaria para fomentar el crecimiento de las distintas industrias. Sin embargo, la realidad económica de nuestro sector contradice este argumento: ¡la moda es una de las industrias más rentables! Es, sin lugar a dudas, mucho más rentable que aquellas que se aferran a la protección y a la seguridad de lo conocido. Lo mismo ocurre con otras industrias que o no tienen o no quieren copyright: tatuadores, maquilladores, peluqueros, cocineros e industria alimentaria en general, etc... Por sorprendente que pueda parecernos, las ventas brutas de aquellas industrias con menos protección de los derechos de autor son mucho mayores que las de las industrias serias. 

No pretendo santificar mi sector: ¡es un sistema absolutamente imperfecto!; pero, tal vez, lejos de análisis simplistas, podríamos extraer algunas propuestas interesantes y revolucionarias. Una vez más, el debate está en lo transversal, lejos de las cortinas de humo...

La vanidad no está en un bolso de mano, está en el copyright.


4 abr. 2013

SPAM MENTAL






Querida Barcelona, finales de los 90. Último año de escuela, momento tesina. Año aborrecido por muchos y un verdadero alucine para mí. ¡Tenía excusa para pasarme un año entero, con todas sus horas, recreándome en mis obsesiones! Planazo. Retroalimentada por un grupo de amigos tan voraces como yo, por los excesos de todo tipo a los que me sometía y por una ciudad moderna en declive (lo cual tenía su punto...), me instalé en el futuro.

Un día, a saber cómo, dónde y a través de quién, cayó en mis manos algo que lo cambió todo: "Lain, Serial experiments". Una serie de anime que, con suicidios colectivos y Psico chips de por medio, planteaba temáticas de profunda impronta filosófica: los límites entre el mundo real y el virtual, la inmortalidad digital, la alienación, la soledad... Por entonces, teníamos  ordenadores en casa; pero si querías acceder a la red, incluso en una escuela cara, tenías que pelearte con tus compañeros para acceder a uno de los 9 que tenías disponibles para ese fin. Y lo cierto es que, una vez pasada la euforia inicial, dejabas de pelearte. Al fin y al cabo, Internet servía para  buscar información. ¡Sólo era una biblioteca gigante!... La libertad, tal como postulaba el spot de Amena, era ¡tener teléfono móvil! Para estudiar, como para tirarse el rollo, molaba mucho más ir a que la librería que tocaba (por entonces, estaban de moda las de los museos) a seleccionar cuidadosamente aquel libro que sólo podías encontrar allí, maravillosamente maquetado, con ese tufillo a gráfico de los 90 y, por supuesto, caro. Por culpa de Ikea, Taschen y Morcheeba, uno tenía la sensación de estar siempre en el misma casa. Así que, por entonces, conseguir capítulos de algo que acababa de estrenarse en la otra punta del mundo tenía su intríngulis... Pero, para pesar de muchos, y como suele pasar en estos casos, ¡los conseguíamos! Una vez en nuestro poder, nos reuníamos para pegarnos un atracón de capítulos con sus consiguientes pajas mentales. ¿Vivir en la red? ¿Qué red? ¿De qué nos estaban hablando? ¡Si acababa de abrirme mi primer correo electrónico!... Nosotros estábamos conectados al mundo, ¡no a las máquinas!... O, al menos, esa era nuestra percepción. Por supuesto, me quedé pillada. De repente, supe que ya no me interesaba porqué habían ocurrido las cosas en el pasado, sino qué cosas ocurrirían en adelante. Un personaje hiperconectado, influido, trans, se convirtió en el centro de mi tesis entonces y de mis obsesiones ahora.

Tan sólo una década después, aquello ha dejado de parecer una inquietante ficción. Aquellas fronteras, entonces tan claras, son cosa del pasado. ¡Ahora vivimos en la red! Compramos, aprendemos, nos comunicamos, nos excitamos, nos reinterpramos, ligamos... ¡en la red! Y gracias a nuestros smartphones, ahora mucho más que un teléfono, lo hacemos desde cualquier lugar, en cualquier momento. Ya no hay nada de sorprendente en ello. Pero cuando la inteligencia artificial, la nanotecnología, la biotecnología y otras tecnologías avanzadas hablaban de derribar las fronteras entre lo biológico y lo artificial, no se referían a hacer amigos en facebook...

Según el provocativo futurista Ray Kurzweil, a día de hoy, ya existe la tecnología para poder hacernos vivir la realidad virtual. Gracias a nanobots, inteligencia artificial del tamaño de un glóbulo rojo, podremos desconectar las señales procedentes de nuestros cerebro para sustituirlas por las señales que recibiríamos si nos encontrásemos en esa realidad. Sentiremos y experimentaremos lo que sentiríamos o experimentaríamos en ese lugar. Podemos decir que a efectos prácticos, la virtualidad será tan real como la realidad. El famoso tecnólogo también predice que alrededor de 2045 podremos descargar nuestra conciencia, pensamientos y procesos de razonamiento a una especie de supercomputadora gigante. Y a la inversa, podremos cargar experiencias, sentimientos o conocimientos en nuestro cerebro. Podremos hacer copias de seguridad de nuestra memoria u optimizar sus funciones. Sus declaraciones mas polémicas son las ofrecidas a la revista Rolling Stone; en ellas Ray dijo que deseaba construir una copia genética, un clon de su difunto padre a partir del ADN encontrado en su tumba y los recuerdos almacenados en su propia mente.

Todo esto podría parecer el delirio de un excéntrico de no ser porque cuenta con una batería de premios, honores y reconocimientos; ha escrito 7 libros (5 de ellos best sellers); es uno de los inventores más relevantes; y, en colaboración con Google y la NASA, es responsable de la creación de la Universidad de la Singularidad. Ahora que ya nos hemos convecido que Paypal no es una empresa pirata rara que quiere robarnos; ahora que a nuestra madre por fin le ha entrado en la cabeza que nadie va a secuestrar a nuestro hermano pequeño porque tenga Tuenti; se abren las compuertas del último bastión: ¡tecnología aplicada al cerebro humano! Se podrá operar sobre nuestra conciencia. ¡Nuestros pensamientos al descubierto! ¡Los límites de lo biológico y artificial... fulminados!


Se podrán crear máquinas que repliquen nuestra manera de razonar y, a su vez, hacer que nosotros seamos capaces de razonar como lo harían nuestras máquinas... ¡impresionante la pirueta! Imposible no atropellarse... ¿Desaparecerá la privacidad mental? ¿Se harán las empresas privadas con esa información? ¿Se podrá monitorizar todo lo que nos pasa por la cabeza? ¿Podremos recibir spam mental como propone Richard Watson? ¿Tendrán propiedad intelectual nuestros pensamientos?...

Escucha... si nos lo hacemos bien, si gestionamos bien todo esto, podríamos conseguir que el mundo sea ¡grande para todos! Si la tecnología crece exponencialmente como ha sido manifiestamente demostrado, sacando unos cálculos rápidos, significa que... ¡conoceré en primera persona todo esto! Saber que moriré siendo una cyborg me parece sencillamente ¡fascinante!

7 mar. 2013

EL SECRETO DE LA SUMISIÓN






¿Cuál es el secreto de la sumisión? No podemos ser tan infames como parecemos. No puedo aceptar que las personas seamos tan tozudamente sumisas por definición. No me lo creo. ¿Cúal es, entonces, el truco?

En los tiempos que corren, a menudo nos sorprendemos haciendo o diciendo cosas que no nos creemos del todo... y haciéndolo, como dice la abuela de una amiga, por un plato de arroz. Los abusos son mayores cada día y la compensación, por contra, cada día más pequeña. Podríamos pensar que ante tales atropellos las personas nos levantaremos en armas, quemaremos las calles, arderá la Bastilla... a menudo oímos o decimos "un día de estos pasará algo gordo". Sin embargo, pasa todo... y no pasa nada. Seguimos funcionando más o menos igual. Cambiando poco o nada nuestras elecciones vitales. Seguro que no soy la única que piensa: ¿Por qué mierda seguimos permitiendo todo esto? ¿Por qué no hacemos nada? ¿Por qué seguimos aceptando un sistema en el que no creemos si a cambio obtenemos... nada?

Hay un concepto básico en psicología que me da la pista: la disonancia cognitiva. Simplificando mucho, es la tensión que se genera en nosotros cuando tenemos ideas o creencias que entran en conflicto. Esta teoría predice que distorsionaremos la realidad para que encaje con la idea que tenemos de nosotros. Tenemos la conmovedora necesidad de justificar constantemente las propias elecciones porque, sobre todas las cosas, necesitamos creer que somos buenos, honestos, veraces, justos... lo que sea que cada uno se explique a si mismo. ¡Necesitamos creer que hemos actuado bien! Cualquier situación que ponga en peligro nuestra idea de nosotros mismos nos provoca un profundo conflicto o disonancia que no somos capaces de tolerar. Necesitamos eliminarla... ¡como sea! Y, para eso, nuestra cabeza empieza a mentirnos... 

El señor Arthur R. Cohen llevó a cabo un experimento cuyos resultados me dejaron en shock. Cohen eligió a un grupo de estudiantes a los que se les pidió que redactasen un texto defendiendo las brutales acciones emprendidas por la policía en unos recientes disturbios estudiantiles. Por supuesto, el psicólogo eligió para ello a los estudiantes más críticos con los sucesos. Es decir, tenían que defender algo con lo que estaban en profundo desacuerdo y por hacerlo, recibirían una remuneración. Había 4 sueldos distintos que se repartieron aleatoriamente: unos absurdamente bien pagados, otros sólo recibieron un centavo. Una vez terminado el ejercicio, se les pidió que expusiesen en voz alta sus verdaderas convicciones. ¿Cúales fueron los resultados? Los estudiantes que habían aceptado defender a la policía por el mejor de los sueldos, volvieron a defender acaloradamente su posición original. Aquellos que lo hicieron por un centavo mostraron una actitud mucho más comprensiva hacia la policía. Sí, has entendido bien: ¡los más comprensivos con la policía fueron aquellos que recibieron sólo un centavo! 

Por alucinante que pueda parecernos, Cohen y una multitud de colegas suyos llevan décadas demostrando que cuanto menor la justificación externa, mayor la sumisión. Aquellos alumnos que recibieron una buena remuneración no modificaron ni un ápice sus convicciones. Habían hecho lo que habían hecho por un motivo: la pasta. Desaparecida la recompensa, terminada la sumisión. Sin embargo, aquellos que dijeron que sí a cambio de nada entraron en conflicto con la idea que tenían de si mismos. Para reducir su sensación de estupidez, modificaron sus creencias al respecto. Los bien pagados se someten, pero sólo momentáneamente. Los mal pagados, lo harán de manera profunda y duradera porque modificarán su manera de ver las cosas para justificar que aceptaron... ¡por un centavo!

La teoría de la disonancia explica porqué seguimos comulgando aunque todo tenga cada vez menos sentido. Predice con exactitud lo que está ocurriendo: que cada vez recibimos menos, pero cada vez claudicamos más.

Para no sentirnos absurdos siendo partícipes del despropósito, nos formateamos una y otra vez, hasta creer que lo que tenemos nos gusta. Nos convencemos que aquello (trabajo, relación, amigos, x), que no nos compensa de ninguna de la maneras, "en el fondo, tampoco está tan mal...". Y esta se convierte en la más peligrosa de las sumisiones, en la más duradera, porque estamos predispuestos a modificar nuestras convicciones a fin de preservar nuestra idea de nosotros mismos. Ya no necesitamos guardián. Somos nosotros los que le buscaremos sentido a lo que no lo tiene. 
  
¿Significa esto que estamos vendidos? No, no, no. Pero... ¡ten siempre un buen motivo para hacer lo que sea que estés haciendo! Cuando un lugar, situación o relación no te compense de alguna manera... ¡huye! Porque, sino, ése será el día en que empieces a sabotearte a ti mismo.




21 feb. 2013

EL PRECIO





Mi generación crecimos creyendo en aquello de sentir pasión por lo que uno hace. Era importante tener mucho cuidado en elegir algo que te gustara mucho, algo que te apasionara, porque ibas a tener que hacerlo ¡toda tu vida! Eso sí, tan importante como tu pasión era que "tuviera salidas". Si encontrabas ese vellocino de oro, serías feliz para siempre y se abriría ante ti la tierra prometida. Nosotros éramos unos privilegiados por tenerlo todo hecho. ¡Ibamos a tener tantas posibilidades que ellos no tuvieron...! Pero, para eso, tendríamos que trabajar muy duro; claro que nosotros no sabíamos lo que era de verdad trabajar... Nosotros no habíamos tenido que pelear por nada. Ellos habían construido la democracia, el estado del bienestar... todo lo que nosotros, sin haber hecho nada, teníamos. Bien, pues tal vez deberían bajar de ese pedestal de "hechos a si mismos" en el que se subieron. Sí ¡vosotros! ¡Quitaos ese halo de santidad del que habéis presumido desde que tenemos uso de razón porque lo que tenemos entre manos es un grandísimo marrón!

Obviamente, esa educación bipolar entre "siéntete libre" y "sé humilde" puede derivar en algún tipo de neurosis. Por ejemplo, te convierte en un inepto para afrontar un presupuesto o las condiciones de un contrato. Te entran sudores fríos. ¡Mierda! ¿Qué tengo que cobrar? ¿Cómo se hace esto? ¿Qué tengo que poner? ¿Les parecerá mucho? ¿No me estoy pasando? ¿Qué significa "estar pasándose"? ¿Pasándome con respecto a qué? Tal vez, esa podría ser una de las preguntas que deberíamos respondernos: ¿qué nos preocupa? ¿Tememos que nuestra tarifa modifique la percepción que tienen de nosotros? ¿Que, directamente, crean que tienes un subidón de autoestima? ¿Tal vez nos preocupa no estar a la altura? De repente, cuantificar lo que sabes hacer te coloca en un precipicio.

Una investigación muy chula que leí hace tiempo y no he sido capaz de recuperar, ponía a una grupo de gente en la treintena ante dos situaciones. No recuerdo cúales eran las circunstancias exactas ni la consigna que se les dió; pero, en resumidas cuentas, el grupo se mostró mucho más seguro de si mismo cuando tuvo que describir sus aptitudes (¡no teniendo después de demostrar si eran o no ciertas!), que cuando se les pidió que se fijasen el sueldo que creían merecer… En esta situación se mostraron mucho más dubitativos, tensos y terminaban sugiriendo para sí mismos un sueldo muy inferior a la idea de si mismos que habían mostrado en la primera situación.

Sea como fuere, con la experiencia aprendes a gestionar estos temas; pero siempre sientes un escalofrío por la columna cada vez que tienes que ponerte precio, porque delante siempre se abre un precipicio mayor… ¿Qué estás dispuesto a perder? ¿Qué pretendes ganar?

Y éste ha sido, y es, el pecado de mi generación: nos hemos conformado con lo que negociaron nuestros padres. Y no es que aquello estuviera mal, sino que, sencillamente, ahora ya no sirve. Ellos construyeron un mundo polarizado de cadenas perpetuas, izquierdas y derechas, empresarios y trabajadores, poderes electos y poderes de facto, triunfadores y fracasados, parejas y solteros, religiosos y ateos... Nosotros tenemos ante nosotros un mundo múltiple y mutante. A ellos les tocaba no venderse y a nosotros abrir nuevas batallas. Sin embargo, nosotros no fuimos capaces de imaginar nada nuevo y ellos olvidaron lo que habían imaginado.

Así que, tal vez, para empezar a cambiar las cosas podríamos empezar por ¡poner condiciones! Empecemos a negociar lo que queremos. Total, lo bueno de que no haya tierra prometida es que ya no hay nada por lo que merezca la pena venderse. Ya no hay nada por lo que aceptar condiciones de nadie porque a cambio tienes... nada. Y eso es una ventaja. Yo, ahora más que nunca, estoy dispuesta a pagar el precio de MI precio.