4 abr. 2013

SPAM MENTAL






Querida Barcelona, finales de los 90. Último año de escuela, momento tesina. Año aborrecido por muchos y un verdadero alucine para mí. ¡Tenía excusa para pasarme un año entero, con todas sus horas, recreándome en mis obsesiones! Planazo. Retroalimentada por un grupo de amigos tan voraces como yo, por los excesos de todo tipo a los que me sometía y por una ciudad moderna en declive (lo cual tenía su punto...), me instalé en el futuro.

Un día, a saber cómo, dónde y a través de quién, cayó en mis manos algo que lo cambió todo: "Lain, Serial experiments". Una serie de anime que, con suicidios colectivos y Psico chips de por medio, planteaba temáticas de profunda impronta filosófica: los límites entre el mundo real y el virtual, la inmortalidad digital, la alienación, la soledad... Por entonces, teníamos  ordenadores en casa; pero si querías acceder a la red, incluso en una escuela cara, tenías que pelearte con tus compañeros para acceder a uno de los 9 que tenías disponibles para ese fin. Y lo cierto es que, una vez pasada la euforia inicial, dejabas de pelearte. Al fin y al cabo, Internet servía para  buscar información. ¡Sólo era una biblioteca gigante!... La libertad, tal como postulaba el spot de Amena, era ¡tener teléfono móvil! Para estudiar, como para tirarse el rollo, molaba mucho más ir a que la librería que tocaba (por entonces, estaban de moda las de los museos) a seleccionar cuidadosamente aquel libro que sólo podías encontrar allí, maravillosamente maquetado, con ese tufillo a gráfico de los 90 y, por supuesto, caro. Por culpa de Ikea, Taschen y Morcheeba, uno tenía la sensación de estar siempre en el misma casa. Así que, por entonces, conseguir capítulos de algo que acababa de estrenarse en la otra punta del mundo tenía su intríngulis... Pero, para pesar de muchos, y como suele pasar en estos casos, ¡los conseguíamos! Una vez en nuestro poder, nos reuníamos para pegarnos un atracón de capítulos con sus consiguientes pajas mentales. ¿Vivir en la red? ¿Qué red? ¿De qué nos estaban hablando? ¡Si acababa de abrirme mi primer correo electrónico!... Nosotros estábamos conectados al mundo, ¡no a las máquinas!... O, al menos, esa era nuestra percepción. Por supuesto, me quedé pillada. De repente, supe que ya no me interesaba porqué habían ocurrido las cosas en el pasado, sino qué cosas ocurrirían en adelante. Un personaje hiperconectado, influido, trans, se convirtió en el centro de mi tesis entonces y de mis obsesiones ahora.

Tan sólo una década después, aquello ha dejado de parecer una inquietante ficción. Aquellas fronteras, entonces tan claras, son cosa del pasado. ¡Ahora vivimos en la red! Compramos, aprendemos, nos comunicamos, nos excitamos, nos reinterpramos, ligamos... ¡en la red! Y gracias a nuestros smartphones, ahora mucho más que un teléfono, lo hacemos desde cualquier lugar, en cualquier momento. Ya no hay nada de sorprendente en ello. Pero cuando la inteligencia artificial, la nanotecnología, la biotecnología y otras tecnologías avanzadas hablaban de derribar las fronteras entre lo biológico y lo artificial, no se referían a hacer amigos en facebook...

Según el provocativo futurista Ray Kurzweil, a día de hoy, ya existe la tecnología para poder hacernos vivir la realidad virtual. Gracias a nanobots, inteligencia artificial del tamaño de un glóbulo rojo, podremos desconectar las señales procedentes de nuestros cerebro para sustituirlas por las señales que recibiríamos si nos encontrásemos en esa realidad. Sentiremos y experimentaremos lo que sentiríamos o experimentaríamos en ese lugar. Podemos decir que a efectos prácticos, la virtualidad será tan real como la realidad. El famoso tecnólogo también predice que alrededor de 2045 podremos descargar nuestra conciencia, pensamientos y procesos de razonamiento a una especie de supercomputadora gigante. Y a la inversa, podremos cargar experiencias, sentimientos o conocimientos en nuestro cerebro. Podremos hacer copias de seguridad de nuestra memoria u optimizar sus funciones. Sus declaraciones mas polémicas son las ofrecidas a la revista Rolling Stone; en ellas Ray dijo que deseaba construir una copia genética, un clon de su difunto padre a partir del ADN encontrado en su tumba y los recuerdos almacenados en su propia mente.

Todo esto podría parecer el delirio de un excéntrico de no ser porque cuenta con una batería de premios, honores y reconocimientos; ha escrito 7 libros (5 de ellos best sellers); es uno de los inventores más relevantes; y, en colaboración con Google y la NASA, es responsable de la creación de la Universidad de la Singularidad. Ahora que ya nos hemos convecido que Paypal no es una empresa pirata rara que quiere robarnos; ahora que a nuestra madre por fin le ha entrado en la cabeza que nadie va a secuestrar a nuestro hermano pequeño porque tenga Tuenti; se abren las compuertas del último bastión: ¡tecnología aplicada al cerebro humano! Se podrá operar sobre nuestra conciencia. ¡Nuestros pensamientos al descubierto! ¡Los límites de lo biológico y artificial... fulminados!


Se podrán crear máquinas que repliquen nuestra manera de razonar y, a su vez, hacer que nosotros seamos capaces de razonar como lo harían nuestras máquinas... ¡impresionante la pirueta! Imposible no atropellarse... ¿Desaparecerá la privacidad mental? ¿Se harán las empresas privadas con esa información? ¿Se podrá monitorizar todo lo que nos pasa por la cabeza? ¿Podremos recibir spam mental como propone Richard Watson? ¿Tendrán propiedad intelectual nuestros pensamientos?...

Escucha... si nos lo hacemos bien, si gestionamos bien todo esto, podríamos conseguir que el mundo sea ¡grande para todos! Si la tecnología crece exponencialmente como ha sido manifiestamente demostrado, sacando unos cálculos rápidos, significa que... ¡conoceré en primera persona todo esto! Saber que moriré siendo una cyborg me parece sencillamente ¡fascinante!