29 may. 2013

EL CUERPO DEL DELITO




Una de las estrategias de captación más empleadas por los gimnasios es la de proporcionar a sus clientes la posibilidad de invitar a otra persona no socia. A pesar de que pocas cosas me gustan más que montar sola en la elíptica provista de una sesión digna del más macarra de los afters, he solido hacer uso de la proposición... sobre todo al comprobar que me serviría para hacer la segunda cosa que más me gusta: ¡analizar!

La primera vez que invité a un amigo ocurrió lo que ha ocurrido todas las demás veces. Sin excepción. La escena funciona más o menos así: después de los protocolos de calentamiento y estiramiento que tocan, me llevo a mi amigo a cardio. Selecciono máquina, le explico las 4 cosas de manejo que hay que saber y le programo la máquina pensando que, como principiante, lo suyo es empezar suave... Pero llamar a un tío principiante en lo relacionado con el deporte es tan insultante como decirle a una mujer que es un paquete en el tema shopping. Así que el amigo no tarda en ir subiendo de velocidad, de intensidad, de peso... Todos los comandos, por favor, ¡subir! (Suele ir acompañado de una respiración fuerte y profunda que emite independientemente del esfuerzo que haga). Yo, por mi parte, con la dinámica marcada por el hábito, voy subiendo a mi ritmo. El, de cuando en cuando, me mira por el rabillo del ojo y, cuando ve que subo, sube. ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué da por hecho que hoy, primer día, puede hacer más que yo que llevo años haciéndolo? ¿Tan distintos se nos presupone que no puedo igualarme a mi amigo ni con 4 años de entrenamiento?... Pensaba hacer una rutina más corta pero... ¡Qué coño! ¡Se va a enterar! Vuelvo a apretar. El trata de fingir que todo bien y yo, que no estoy picada. 

Cuando, por fin, ha quedado claro que yo meo más lejos, vamos bajando de intensidad... Paramos. Bajamos. Las piernas le tiemblan y dice: "¡Joder! ¡Esto revienta más de lo que me imaginaba!". "¿Si?", respondo yo con cara de no haber roto un plato. "Sí que estás en forma, ¿no?"... ¡Alucino! Parece estar sorprendido porque he podido hacer más, con mayor intensidad y quemarme menos. "Hombre, Steven Seagal, hacerlo mejor que tú, que no has pisado un gym en tu vida, ¿me sube nota o algo?". Nos reímos. 

Una de las habituales se acerca y ocupa uno de los lugares que nosotros dejamos libres. Se sube a la máquina con su habitual parsimonia, coloca los cascos, conecta la tele que incorpora la máquina, saca el tlf para colocárselo a mano y... a moverse. De repente, lo entiendo todo: él da por hecho que puede, ella, que le cuesta; él disfruta con su cuerpo, ella se martiriza con sus formas. El aprendizaje de lo corporal es muy distinto para unos y otros: ¡estamos influidos de manera tan distinta acerca de nuestro cuerpo! Ellos, cargados de energía, vigor y fuerza, entienden el ejercicio como algo natural para lo que siempre creen tener facilidad. Nuestro acercamiento, sin embargo, es siempre algo sujeto por extrañas limitaciones numéricas: calorías, centímetros, gramos, 36, 38, XS, S, M... Ellos se viven de manera holística y nosotras, como una amasijo de visiones fragmentadas de nosotras mismas. ¡Tanto número te termina haciendo sentir una extraña en tu propio cuerpo! Ellos se relacionan y miden su cuerpo en términos de funcionamiento, nosotras, en función al aspecto. ¿Por qué nosotras sabemos peregrinas ecuaciones que nos dicen si estamos en nuestro peso ideal y ellos no saben ni la talla que llevan? 

Tomo conciencia de golpe de todos esos presupuestos tan tan tan tan asumidos, que operan sin que nos demos cuenta como una especie de ideología consciente... Nadie pretende desmerecer a nadie, ¿no? Sencillamente, se da por hecho que la fuerza y la potencia física no son lo nuestro. No hay que hacer dramas... ¿O sí?... Y, ¡sí! Claro que es un drama. Imponernos la curva como destino natural no es, y no puede ser, el colmo del feminismo. Imponernos un cuerpo desprovisto de fuerza, energía, intensidad y con incapacidad para la mala hostia, ¡es mucho más que un drama!...

Solemos pensar que la anatomía es algo invariable y universal, predeterminada por la identidad sexual... Sin embargo, estudios, debates e información siguen agolpándose sobre la mesa y sigue sin haber consenso: las diferencias de sexo son un tema demasiado complejo y advenedizo. Imaginar un mundo donde las categorías de género desaparezcan está muy por encima de nuestra capacidad imaginativa... pero, de momento, ¿por qué no empezamos a disfrutar del poderío físico? ¿Quién decidió que esto no es lo nuestro? ¿Quién decidió cúanto músculo era... demasiado? ¡La fuerza y la autonomía no es potestad de unos pocos!

Y, en ausencia de teorías concluyentes, aquí estamos muchas de nosotras para demostrar que no somos tan distintos. No somos una hipótesis, somos un hecho.
¡Reto a Gonzalez Pons a subir conmigo a la elíptica!



Dedicado a Ainara.
Por tener músculos ¡en todas partes!
Por proponer.