10 abr. 2013

EL BOLSO O LA VIDA





Cuando era pequeña quería ser Perry Mason; pero he terminado siendo una "de las de moda". El mundo se está pediendo una gran abogada -me dijo mi padre-. Si quieres ir de artista, bien... pero ¿moda? ¿Por qué?... (cara de alucine y menosprecio).

La cara que puso mi padre entonces sólo era reflejo de una consideración colectiva. La moda es algo absolutamente superfluo y banal. No requiere ningún talento específico relevante y su contribución a la sociedad son una serie de desórdenes alimenticios y una recua de modernas vanidosas a las que nos gusta exhibirnos. Los de la moda nos lo tenemos muy creído para no hacer nada con fuste... Pero nuestra gran suerte es que nuestra profesión nos pone en contacto con otro tipo de profesionales... ¡artistas de verdad! Basta con estar con ellos un par de minutos para darte cuenta de que están en otra liga...

Cuando hablas con un músico pareces estar hablando con alguien tocado por la mano de dios. Malditos y torturados por su enorme talento, ellos, ¡los músicos!, son capaces de evocarnos más que ninguna otra disciplina. Capaces de emocionarnos, seducirnos, conmovernos... Ellos, capaces de transformarse en estrellas aunque estén el el más cutre de los garitos... ¿Plagiar? ¿Ellos?... hey, que son ¡músicos! ¡Por favor! La inspiración ¡les viene de dentro! Los músicos comparten SU mundo con nosotros poniéndole música a nuestras miserables existencias... y deberíamos estar muy agradecidos por ello.

Con los cineastas ocurre algo parecido. También seducidos por una pasión, pero de otra manera. Ellos... ¡ven! Ven cosas que otros... ¡no vemos! Cualquier momento con ellos puede convertirse en un encuadre o en una gran historia. (Con los fotógrafos también pasa). Cuando hablas con un director, si de verdad quiere parecer pro, tiene que mostrarse un poco descontento con su trabajo. Para demostrar que son críticos enumeran, con cierto pesar, cosas que ahora harían de otro modo. Tú le dices: "pero bueno... ¡hay cosas que me han encantado!", y las enumeras con entusiasmo; pero es en vano... Lo que tú le estás diciendo no le sirve. Recuerda que él ve cosas que nosotros... ¡no vemos! No es engreído y autoritario, es que lo tiene muy claro.

Ni hablamos cuando se trata de un escritor. Creo que nada le produce más placer a un escritor que ese momento en que le acabas de conocer y le preguntas: "y tú, ¿a qué te dedicas?". Ese momento en el que te responde 
"soy escritor", es un momento de clímax para ellos. En algunas profesiones existe el supuesto de que si vives de ellas es que debes ser muy bueno. Ser escritor es una de ellas. El escritor te escuchará porque tiene que hacer gala de la especial sensibilidad y curiosidad que se les presupone, aunque lo que les puedas contar, a priori, les importe un verdadero bledo. Los que de verdad tienen algo que contar y saben cómo hacerlo, son ellos.

Tanta solemnidad ante el talento os ha vuelto rígidos. Y con el tiempo terminaréis siendo obsoletos si no le dais una oportunidad al siglo XXI.
La desconsideración hacia nuestro sector ha sido y es la mayor de nuestras ventajas; lo superfluo se mueve con una agilidad que nunca tendrán aquellos que se toman muy en serio. El mejor ejemplo para entender esto es el tan polémico debate de la propiedad intelectual. La ley, igual que mi padre, considera la ropa, y en consecuencia la moda, como un producto demasiado utilitario para ser protegido por la propiedad intelectual. Así que "Los de moda"... ¡no tenemos copyright! Lo único que no se puede copiar en moda es la marca registrada. Todo lo demás es replicable sin incurrir por ello en nada ilegal. Mientras no copies la etiqueta, todo bien. Voy más allá: el consumo de marcas que viven de la réplica es absolutamente masiva y a la vista de todos. Zara no incurre en ningún delito cuando fusila el último blazer de Stella McCartney. Y el consumidor, por supuesto, tampoco. Muy probablemente será un hit que reproducirá una y otra vez, obteniendo además, grandes beneficios de ello. Aún así, sigue sin ser un delito. De hecho, incluso muchos de los que defendéis elocuentemente la protección de creadores, os lo pasáis por el arco del triunfo cuando se trata de consumir barato...

No pretendo defender un lugar entre lo que merece ser protegido...
¡todo lo contrario! Precisamente porque no hay protección de la propiedad intelectual, la moda se ve obligada a trabajar de un modo más dinámico y más audaz. Mantener tu autenticidad es complicado sin la protección y la seguridad del copyright. Trabajar en estas condiciones exige una constante investigación e innovación en materiales; una constante evolución e incorporación de mejoras y/o cambios; mantenerse constantemente actualizado para llevar la delantera porque, en el fondo, "los de la moda", sabemos que si lo que hemos hecho tiene algún interés, ¡vamos a ser copiados! Crear sin las falsas seguridades de otras industrias, nos ha exigido trabajar sobre algo más que cambios formales, rebasando una y otra vez lo establecido. La fiebre de los logos de nuestro sector moda no es un golpe de megalomanía y narcisismo, sólo una de las múltiples estrategias seguidas en un intento de protegerse. Como decía, lo único que puede ser protegido en moda es ¡la marca! 

Los defensores de las teoría estándar sobre los derechos de propiedad intelectual, sostienen que la protección de estos derechos es fundamental e incuestionablemente necesaria para fomentar el crecimiento de las distintas industrias. Sin embargo, la realidad económica de nuestro sector contradice este argumento: ¡la moda es una de las industrias más rentables! Es, sin lugar a dudas, mucho más rentable que aquellas que se aferran a la protección y a la seguridad de lo conocido. Lo mismo ocurre con otras industrias que o no tienen o no quieren copyright: tatuadores, maquilladores, peluqueros, cocineros e industria alimentaria en general, etc... Por sorprendente que pueda parecernos, las ventas brutas de aquellas industrias con menos protección de los derechos de autor son mucho mayores que las de las industrias serias. 

No pretendo santificar mi sector: ¡es un sistema absolutamente imperfecto!; pero, tal vez, lejos de análisis simplistas, podríamos extraer algunas propuestas interesantes y revolucionarias. Una vez más, el debate está en lo transversal, lejos de las cortinas de humo...

La vanidad no está en un bolso de mano, está en el copyright.


4 abr. 2013

SPAM MENTAL






Querida Barcelona, finales de los 90. Último año de escuela, momento tesina. Año aborrecido por muchos y un verdadero alucine para mí. ¡Tenía excusa para pasarme un año entero, con todas sus horas, recreándome en mis obsesiones! Planazo. Retroalimentada por un grupo de amigos tan voraces como yo, por los excesos de todo tipo a los que me sometía y por una ciudad moderna en declive (lo cual tenía su punto...), me instalé en el futuro.

Un día, a saber cómo, dónde y a través de quién, cayó en mis manos algo que lo cambió todo: "Lain, Serial experiments". Una serie de anime que, con suicidios colectivos y Psico chips de por medio, planteaba temáticas de profunda impronta filosófica: los límites entre el mundo real y el virtual, la inmortalidad digital, la alienación, la soledad... Por entonces, teníamos  ordenadores en casa; pero si querías acceder a la red, incluso en una escuela cara, tenías que pelearte con tus compañeros para acceder a uno de los 9 que tenías disponibles para ese fin. Y lo cierto es que, una vez pasada la euforia inicial, dejabas de pelearte. Al fin y al cabo, Internet servía para  buscar información. ¡Sólo era una biblioteca gigante!... La libertad, tal como postulaba el spot de Amena, era ¡tener teléfono móvil! Para estudiar, como para tirarse el rollo, molaba mucho más ir a que la librería que tocaba (por entonces, estaban de moda las de los museos) a seleccionar cuidadosamente aquel libro que sólo podías encontrar allí, maravillosamente maquetado, con ese tufillo a gráfico de los 90 y, por supuesto, caro. Por culpa de Ikea, Taschen y Morcheeba, uno tenía la sensación de estar siempre en el misma casa. Así que, por entonces, conseguir capítulos de algo que acababa de estrenarse en la otra punta del mundo tenía su intríngulis... Pero, para pesar de muchos, y como suele pasar en estos casos, ¡los conseguíamos! Una vez en nuestro poder, nos reuníamos para pegarnos un atracón de capítulos con sus consiguientes pajas mentales. ¿Vivir en la red? ¿Qué red? ¿De qué nos estaban hablando? ¡Si acababa de abrirme mi primer correo electrónico!... Nosotros estábamos conectados al mundo, ¡no a las máquinas!... O, al menos, esa era nuestra percepción. Por supuesto, me quedé pillada. De repente, supe que ya no me interesaba porqué habían ocurrido las cosas en el pasado, sino qué cosas ocurrirían en adelante. Un personaje hiperconectado, influido, trans, se convirtió en el centro de mi tesis entonces y de mis obsesiones ahora.

Tan sólo una década después, aquello ha dejado de parecer una inquietante ficción. Aquellas fronteras, entonces tan claras, son cosa del pasado. ¡Ahora vivimos en la red! Compramos, aprendemos, nos comunicamos, nos excitamos, nos reinterpramos, ligamos... ¡en la red! Y gracias a nuestros smartphones, ahora mucho más que un teléfono, lo hacemos desde cualquier lugar, en cualquier momento. Ya no hay nada de sorprendente en ello. Pero cuando la inteligencia artificial, la nanotecnología, la biotecnología y otras tecnologías avanzadas hablaban de derribar las fronteras entre lo biológico y lo artificial, no se referían a hacer amigos en facebook...

Según el provocativo futurista Ray Kurzweil, a día de hoy, ya existe la tecnología para poder hacernos vivir la realidad virtual. Gracias a nanobots, inteligencia artificial del tamaño de un glóbulo rojo, podremos desconectar las señales procedentes de nuestros cerebro para sustituirlas por las señales que recibiríamos si nos encontrásemos en esa realidad. Sentiremos y experimentaremos lo que sentiríamos o experimentaríamos en ese lugar. Podemos decir que a efectos prácticos, la virtualidad será tan real como la realidad. El famoso tecnólogo también predice que alrededor de 2045 podremos descargar nuestra conciencia, pensamientos y procesos de razonamiento a una especie de supercomputadora gigante. Y a la inversa, podremos cargar experiencias, sentimientos o conocimientos en nuestro cerebro. Podremos hacer copias de seguridad de nuestra memoria u optimizar sus funciones. Sus declaraciones mas polémicas son las ofrecidas a la revista Rolling Stone; en ellas Ray dijo que deseaba construir una copia genética, un clon de su difunto padre a partir del ADN encontrado en su tumba y los recuerdos almacenados en su propia mente.

Todo esto podría parecer el delirio de un excéntrico de no ser porque cuenta con una batería de premios, honores y reconocimientos; ha escrito 7 libros (5 de ellos best sellers); es uno de los inventores más relevantes; y, en colaboración con Google y la NASA, es responsable de la creación de la Universidad de la Singularidad. Ahora que ya nos hemos convecido que Paypal no es una empresa pirata rara que quiere robarnos; ahora que a nuestra madre por fin le ha entrado en la cabeza que nadie va a secuestrar a nuestro hermano pequeño porque tenga Tuenti; se abren las compuertas del último bastión: ¡tecnología aplicada al cerebro humano! Se podrá operar sobre nuestra conciencia. ¡Nuestros pensamientos al descubierto! ¡Los límites de lo biológico y artificial... fulminados!


Se podrán crear máquinas que repliquen nuestra manera de razonar y, a su vez, hacer que nosotros seamos capaces de razonar como lo harían nuestras máquinas... ¡impresionante la pirueta! Imposible no atropellarse... ¿Desaparecerá la privacidad mental? ¿Se harán las empresas privadas con esa información? ¿Se podrá monitorizar todo lo que nos pasa por la cabeza? ¿Podremos recibir spam mental como propone Richard Watson? ¿Tendrán propiedad intelectual nuestros pensamientos?...

Escucha... si nos lo hacemos bien, si gestionamos bien todo esto, podríamos conseguir que el mundo sea ¡grande para todos! Si la tecnología crece exponencialmente como ha sido manifiestamente demostrado, sacando unos cálculos rápidos, significa que... ¡conoceré en primera persona todo esto! Saber que moriré siendo una cyborg me parece sencillamente ¡fascinante!